Gregorio Vardánega
Relieve, 1948
Caja de luz alterna (múltiple)
1967
Desde fines de la década de 1940 Gregorio Vardánega realizó móviles libres. En 1957 comenzó a usar motores, cuando aún trabajaba en Buenos Aires. En París se multiplicaron sus construcciones en plexiglás, acero, metales esmaltados, con luz eléctrica blanco o coloreada, motores, agua y hasta sonido, cuyo fin era ampliar las sensaciones del espectador.
Estas obras operan no sólo por el movimiento real de los objetos sino por las transformaciones que produce la incidencia de iluminaciones alternas programadas. En ellas emplea la técnica de los carteles publicitarios luminosos, utilizada sin las limitaciones comerciales y desplegando todo su potencial estético. En el caso de esta caja de metal, está compartimentada por cuatro placas caladas, de modo tal que dejan ver una sucesión de cinco cuadrados concéntricos. Tapa y fondo están esmaltados en negro. En la tapa se han practicado las aberturas mayores, dispuestas en tres registros con tres ventanas cada uno. Esta disposición se repite en las sucesivas pantallas interiores, esmaltadas en blanco. Éstas son iluminadas por bombillas eléctricas disimuladas en su parte posterior. La alternancia de las luces responde a un mecanismo que las prende y apaga cíclicamente, modificando el aspecto de la obra al hacer que las figuras se vayan tiñendo de una variedad de grises. La incidencia de la luz sobre los distintos niveles de profundidad en que se encuentran las pantallas es la que provoca una ilusión que no corresponde a la realidad material del objeto. La indudable citación de Homenaje al cuadrado de Joseph Albers, es un tributo tridimensional al maestro alemán y a sus investigaciones cromáticas.
Como en el caso de Le Parc y Boto, esta edición múltiple de la obra cinética de Vardánega tiene la intención de ampliar el acceso al objeto de arte al disminuir la importancia concedida al valor material y áurico de la pieza única, un modo de existencia de la ora que fue obsesión de muchos movimientos del siglo XX.
Texto de Adriana Lauría