Víctor Magariños D.
Sin título, 1950s
Mujer reclinada
1955
Para la década de los cincuenta Francisco Zúñiga ha dejado atrás ciertas formas de escultura. Empieza a desarrollar superficies más llanas y pulidas y pone el énfasis en resaltar el volumen del cuerpo humano. Siempre fue un perfeccionista de la técnica que acometía, y el caso extremo se puede apreciar en sus tallas en piedra, que alcanzan un grado de pulcritud excepcional.
Su tema preferido, el de la mujer, es tratado en esta obra de manera singular. Construida en ángulos de noventa grados, la cara queda casi de frente al espectador, en tanto que los pies se miran en escorzo. Los rasgos faciales apenas se insinúan dentro de la redondez de la cabeza, al igual que las manos y los pies, que aparecen linealmente en la piedra. En todas sus obras, por cierto, hay un aspecto ritual, mágico, de evocar el misterio, que sin duda es una característica muy particular de los artistas que ven en su actividad, más que un oficio, una forma de exteriorización del espíritu.
En muchos sentidos, Zúñiga está entre los grandes escultores: logró aprender de las culturas precolombinas, pero no dejó de observar el arte de su momento, lo que le permitió ser siempre un contemporáneo. Una vida larga dedicada íntegramente a la escultura lo ayudó a recorrer caminos de expresión que muy pocos artistas han experimentado. Resolvió sus esculturas de las formas más variadas, sin perder nunca su lenguaje personal y su vigor. Lo monumental no le fue ajeno, como tampoco lo ancestral.
Texto de Enrique Franco Calvo