Roberto Aizenberg
Sin título, 1953
Arlequín
1954
Un extraño personaje, un muñeco articulado, con actitud humana, asoma por un estrecho cubículo, posible vestuario de balneario, confesionario o ataúd. Refugio y refugiado parecen estar construidos por un hábil ebanista, experto en el arte de la taracea. El paisaje en que se desarrolla la escena se presenta tan desolado que pone en duda toda posibilidad de movimiento. El alargamiento de las sombras indica una hora cercana al crepúsculo, aunque la inacción parece aludir a un tiempo detenido, infinito.
Desde la izquierda, una insólita presencia se muestra parcamente y, a pesar del escaso fragmento visible, se revela rotunda y amenazante; anunciada por su extensa sombra, avanza inexorable. Mientras tanto el maniquí —un tópico de la metafísica de De Chirico—, apenas reconocible como un arlequín por su gorguera y su pantalón a cuadros, trata de pasar inadvertido. Quizás él, en su papel de personaje de la Comedia del Arte, merced a su naturaleza ficcional, especule con poder sortear el destino de contingencia reservado a todos los seres y las cosas.
La esfera en segundo plano y el acantilado sobre el fondo —constantes iconográficas en muchas obras de Aizenberg— no hacen más que reforzar la idea de mundo como origen, hábitat y destino cósmico, así como también de abismo, horizonte ubicado al término de toda expectativa. Estas figuras combinan en su representación naturalismo mimético y formas geométricas, contribuyendo a volver sólido y verosímil un mundo enigmático, imposible en la vigilia, pero de acuciante realidad onírica.
Texto de Adriana Lauría